Macroeconomia

La doble presión sobre el crecimiento mundial: cómo los shocks geopolíticos frenan la caída de la inflación y por qué la inteligencia artificial difícilmente se traduce de inmediato en dividendos de productividad

La última encuesta de economistas jefe del Foro Económico Mundial muestra que las expectativas de crecimiento global se están debilitando; los choques geopolíticos, el aumento de los precios de la energía y los alimentos, así como la nueva tensión en las cadenas de suministro, están elevando la inflación y la volatilidad del mercado; al mismo tiempo, la difusión de la inteligencia artificial sigue acelerándose, pero la materialización de sus dividendos de productividad se está posponiendo de forma generalizada.

La economía global está entrando en una nueva etapa de “bajo crecimiento, alta volatilidad y lenta mejora de la productividad”

Los cambios en el entorno macroeconómico mundial no suelen desencadenarse por un único dato, sino que realmente se hacen visibles cuando varias fuerzas cambian de dirección al mismo tiempo. La última encuesta del Foro Económico Mundial entre economistas jefe no transmite una “señal de recesión” en el sentido tradicional, sino una combinación más difícil de gestionar: revisión a la baja de las expectativas de crecimiento, nuevo repunte de las expectativas de inflación, mayor volatilidad en los mercados financieros, mientras que la esperanza de mejoras de productividad a largo plazo derivadas de la inteligencia artificial sigue presente, aunque a un ritmo de materialización más lento que a principios de año.

Este tipo de combinación merece especial atención. Porque significa que la economía mundial no ha vuelto a la normalidad pospandemia, ni ha entrado en un ciclo claro de recuperación, sino que ha empezado a operar bajo nuevas restricciones: los riesgos geopolíticos están revalorizando la energía, los alimentos y el transporte marítimo, y la fragilidad de las cadenas comerciales vuelve a amplificarse; al mismo tiempo, el progreso tecnológico no ha desaparecido, solo que aún no es suficiente para compensar rápidamente los choques de la realidad.

Desde una perspectiva macroeconómica, esto es precisamente el paso de una narrativa de “desinflación — relajación de la política” a una fase de “choque externo — rebrote de la inflación — restricciones de la política” en la economía global.

La revisión a la baja del crecimiento no equivale a una recesión generalizada

Una de las conclusiones más importantes de la encuesta es que cerca del 90% de los economistas jefe encuestados espera un debilitamiento del crecimiento global en los próximos doce meses, pero solo una minoría cree que el mundo entrará en recesión. Este juicio es clave, porque indica que lo que afronta la economía mundial es más bien un “lastre persistente” que un colapso cíclico típico.

La lógica detrás de esto es:

  • La demanda no se ha desplomado de forma generalizada, especialmente porque economías como Estados Unidos e India aún cuentan con apoyo de la demanda interna;
  • Pero los choques del lado de la oferta están aumentando, sobre todo en los costos de energía, alimentos y transporte;
  • Las condiciones financieras, aunque no necesariamente se endurecen de forma brusca de inmediato, se vuelven más frágiles debido al aumento de la volatilidad.

En otras palabras, la economía global no está en caída libre, sino soportando un proceso de aumento continuo de los “costos de fricción”. Como resultado, la velocidad del crecimiento se reduce, pero no necesariamente se convierte de inmediato en una recesión profunda.

Este tipo de entorno suele ser más difícil de gestionar que una recesión. Porque la recesión a menudo impulsa un giro rápido de la política, mientras que una fase de bajo crecimiento y alta incertidumbre hace que tanto los bancos centrales como las autoridades fiscales tengan más dificultades para encontrar una dirección clara: bajar las tasas puede estimular los precios de los activos, pero no necesariamente aliviará un choque energético; mantener tasas altas ayuda a controlar la inflación, pero también comprimirá aún más la carga de la deuda.

La geopolítica está remodelando de nuevo el mecanismo de la inflación

La variable que más atención ha despertado en la encuesta es la situación en Oriente Medio y el impacto sobre la economía global de los obstáculos al paso por el estrecho de Ormuz. En general, los encuestados consideran que este choque ya es más dañino que las perturbaciones derivadas de las fricciones arancelarias del año pasado. Si la perturbación se prolonga hasta la segunda mitad del año, su impacto sobre la economía mundial podría acercarse a algunos de los efectos de contagio observados durante la pandemia.

Este juicio no significa que el mundo vaya a repetir el colapso de la demanda de 2020, sino que la cadena de transmisión geopolítica hacia la inflación es más directa:1. Los precios de la energía suben primero, elevando los costos de transporte, manufactura y electricidad; 2. Luego se ven afectados los precios de los alimentos, especialmente en las economías que dependen de la logística transfronteriza y de insumos energéticos; 3. Las cadenas de suministro vuelven a volverse frágiles, y los inventarios y los planes de transporte de las empresas se ven obligados a reajustarse; 4. Las expectativas de inflación se elevan de nuevo, y los bancos centrales deben reequilibrar otra vez el crecimiento y la estabilidad de precios.

La encuesta muestra que la gran mayoría de los economistas jefe espera que la inflación mundial aumente en el próximo año. No se trata simplemente de una previsión de precios, sino de un recordatorio sobre el margen de maniobra de las políticas: mientras la energía y los alimentos vuelvan a convertirse en variables dominantes de la inflación, la tendencia a la baja de la inflación que se había ido formando gradualmente en los dos últimos años podría verse interrumpida.

Esto significa para la Reserva Federal, el Banco Central Europeo y los bancos centrales de los mercados emergentes la misma cuestión: si la inflación está impulsada por un choque externo de oferta, la eficacia marginal de la política monetaria disminuirá.

El riesgo de estanflación en Europa aumenta, y los mercados emergentes sienten antes la presión

La diferenciación regional es otro de los mensajes centrales de esta encuesta. La perspectiva de crecimiento en Oriente Medio y el Norte de África es la que más claramente se ha deteriorado, y una región que antes se consideraba relativamente destacada ha pasado en poco tiempo a unas expectativas de crecimiento débil o incluso muy débil. Este giro muestra que el impacto del riesgo geopolítico sobre las economías regionales no suele ser lineal, sino que se propaga simultáneamente a través de la energía, el turismo, la logística y el sentimiento de inversión.

Europa, por su parte, afronta una presión más típica de estanflación: por un lado, un crecimiento débil; por otro, el resurgir de las preocupaciones por la inflación. Para el Banco Central Europeo, este entorno es más complicado que una simple inflación alta, porque el efecto retardado de los tipos de interés elevados ya está afectando a la financiación de las empresas y a la confianza de los hogares, mientras que el nuevo choque externo no permite un giro fácil hacia una política más laxa.

En comparación, se considera que India y Estados Unidos seguirán mostrando una relativa resiliencia. La razón no es misteriosa: ambos se benefician de una demanda interna sólida, actividad inversora y una capacidad relativamente completa de ciclo interno de la cadena industrial. La ventaja de Estados Unidos también radica en la profundidad de su mercado de capitales y en la posición del sistema del dólar, mientras que India se beneficia de la expansión de la demanda interna y de las expectativas de transferencia industrial a medio y largo plazo.

Pero “resiliencia” no significa “inmunidad”. Si los precios de la energía siguen subiendo y las expectativas sobre los tipos globales vuelven a fluctuar, la desaceleración de la demanda externa seguirá transmitiéndose a estas economías relativamente fuertes a través del comercio, los flujos de capital y los tipos de cambio.

Lo que más preocupa a los mercados de capitales no es la recesión, sino la volatilidad

La encuesta muestra que aumentan las expectativas de los encuestados sobre una mayor volatilidad en el mercado de deuda privada, el mercado de deuda pública y el mercado de acciones. Esto es muy importante, porque refleja que el riesgo de mercado no proviene solo de una caída del crecimiento macroeconómico, sino también de la vulnerabilidad de los balances.

En los últimos años, el sistema financiero mundial ha experimentado la combinación de tipos de interés elevados, expansión de la deuda y repricing de los precios de los activos. Ahora bien, si la inflación vuelve a repuntar por un choque geopolítico, es posible que los tipos de interés a largo plazo se mantengan altos durante más tiempo; si además el crecimiento se debilita al mismo tiempo, la presión en los mercados de crédito aumentará.

  • Esto es especialmente desfavorable para las siguientes clases de activos y sectores:- Crédito privado altamente apalancado;
  • Proyectos inmobiliarios y de infraestructura que dependen de financiación continua;
  • Mercados emergentes con alta deuda externa;
  • Cadenas manufactureras altamente sensibles a los costes de la energía y el transporte.

Lo que el mercado afronta realmente no es un simple cambio de ciclo entre alcista y bajista en una sola dirección, sino una triple presión de “tipos de interés elevados, primas de riesgo en aumento y contracción de la liquidez”. Para los flujos de capital globales, esto suele significar una mayor preferencia por los activos en dólares, los activos de vencimiento corto y aquellos con flujos de caja más predecibles, mientras que las regiones de alta volatilidad y los sectores muy endeudados tienden a sufrir más presión.

La IA sigue siendo un pilar a largo plazo, pero no es una herramienta de cobertura a corto plazo

En claro contraste con los riesgos geopolíticos, la difusión de la inteligencia artificial sigue acelerándose. Las encuestas muestran que la gran mayoría de los economistas jefes espera que la adopción de la IA siga aumentando durante el próximo año. Esto indica que la propia difusión tecnológica no se ha desacelerado, y que la inversión de los mercados y de las empresas en IA no se ha detenido.

Pero cabe señalar que el optimismo respecto a las mejoras de productividad que aporta la IA se ha moderado, y que en muchos sectores se ha retrasado el momento en que se esperan mejoras productivas significativas. La educación y la tecnología de la información siguen considerándose sectores relativamente más rápidos en beneficiarse, mientras que la ingeniería, la construcción, los servicios públicos, la sanidad y los servicios de cuidado, entre otros, se estima que necesitarán más tiempo para mostrar efectos claros.

Esto encaja con un sentido común de la macroeconomía: la velocidad de difusión tecnológica no equivale a la velocidad de mejora estadística de la productividad. La razón es que, para que la IA se transforme realmente en productividad amplia, debe atravesar al menos tres etapas:

1. Rediseño de los procesos empresariales; 2. Ajuste de las estructuras organizativas y de las normas regulatorias; 3. Reconfiguración de las capacidades laborales y de la asignación de capital.

Las tres requieren tiempo. Es decir, es más probable que la IA se convierta en una fuerza de apoyo para la tendencia de crecimiento a medio y largo plazo, y no en una herramienta inmediata para cubrir el choque geopolítico actual.

Desde el punto de vista de las políticas, esto también explica por qué los gobiernos de distintos países apuestan simultáneamente por la IA y por la política industrial: la primera representa una mejora de la eficiencia a largo plazo, mientras que la segunda intenta reconstruir la competitividad local o regional en una era de fragmentación de las cadenas de suministro globales.

La economía mundial está pasando de una “inflación por globalización” a una “inflación geopolítica”

Si situamos esta encuesta en un ciclo más largo, en realidad revela un cambio en la estructura de la economía mundial: durante la última década y pico, la inflación estuvo moldeada principalmente por la política monetaria, la expansión de la demanda y los cuellos de botella de la oferta; ahora, la inflación está cada vez más influida por la geopolítica, la seguridad energética y la reconfiguración de las rutas comerciales.

Esto significa que la economía global está pasando de una “globalización prioritaria en la eficiencia” a una “regionalización prioritaria en la seguridad”. Sus consecuencias incluyen:

  • Las cadenas de suministro ponen más énfasis en la redundancia y la resiliencia que en el coste extremo mínimo;
  • La asignación de capital se inclina más hacia regiones favorables a la seguridad geopolítica;
  • El comercio y la inversión tienden a estratificarse más por bloques regionales;
  • Aumenta el componente político de los precios de la energía y los alimentos.

Este tipo de cambio no pondrá fin a la globalización de inmediato, pero sí modificará su forma. El crecimiento futuro dependerá más de la integración regional, la mejora tecnológica y la inversión interna que de la mera optimización de la eficiencia transfronteriza.

Conclusión: no hay una recesión generalizada, pero el ciclo sí se ha vuelto más difícil

El núcleo de esta ronda de la economía global no es “si habrá recesión”, sino “por qué el crecimiento es cada vez más difícil, las políticas cada vez más complicadas y la volatilidad del mercado cada vez mayor”. El juicio del economista jefe muestra que la economía mundial todavía tiene resiliencia, y que la IA sigue siendo un beneficio estructural a largo plazo; pero, en un contexto en el que los impactos geopolíticos aún no se han disipado, la inflación de la energía y los alimentos podría repuntar, y la vulnerabilidad de los mercados de deuda está aumentando, la economía global ya no se encuentra en una simple fase de recuperación.

Más precisamente, está entrando en un nuevo rango macroeconómico: bajo crecimiento, alta divergencia, lenta mejora de la productividad, fuerte volatilidad y débil certidumbre.

Para los bancos centrales, esto significa que la gestión de la inflación será más compleja; para las autoridades fiscales, significa que la presión de la deuda y de los subsidios será mayor; para las empresas, significa que la disposición global deberá valorar un nivel más alto de incertidumbre; para los inversores, significa que la lógica de valoración de activos que antes dependía de un crecimiento global estable y de un entorno de tipos de interés bajos está siendo reescrita.

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